“Vantage Point”, de Pete Travis. La invasión mexicana a Salamanca.
Hace casi 60 años Kurasawa deslumbraba al mundo, oriental y occidental por igual, con “Rashomon”, su obra maestra. La película narra un delito desde el punto de vista de todos los personajes que intervinieron en él. Pero el realizador no se limita, en los flashbacks correspondientes, a seguir con la cámara a los personajes. De alguna manera consigue nadar con fluidez en el mar psicológico de cada uno de los protagonistas, y, por supuesto, transmitir esto al espectador; que justamente deja de ser sencillamente eso, para mezclarse con los intérpretes y sus emociones. Por todo esto es llamativo que se mencione la película del director japonés cuando se hace referencia a “Vantage Point”.
Una cuestión que no puede obviarse antes de sentarse a ver la cinta de Pete Travis es que se relata un atentado perpetrado contra el presidente de los Estados Unidos durante una cumbre en España, y que transcurridos cinco minutos, uno ya sabe quien es el responsable del ataque, o al menos uno de ellos. Esto no significa que esa haya sido la intención del realizador, sino que el guión es tan pobre que logra inmediatamente aquello que debería impedir.
Pero volviendo al tema principal de esta película, que si bien no puede ser catalogada como otro largometraje de acción y del servicio secreto yanqui, debido justamente a como está contada, tampoco logra entrar con firmeza y autoridad en la categoría de las películas “Rashomon”. Y no lo hace porque carece de todas las cualidades que posee el film japonés.
Cuando se habla de puntos de vista uno no espera saber como vio los acontecimientos el personaje, sino como los vivió, que fue lo que sintió. Que proceso interno despertó ese acontecimiento en su interior y como su subjetividad va a transmitirla al exterior.
Esto no está logrado. Lo que vemos es un director-cámara omnipresente que se sitúa en el lugar de los personajes, y no el yo-personaje. En otras palabras, lo que se ve en “Vantage Point” son ocho objetividades y ninguna subjetividad.
Pero ese no es el único problema que presenta el trabajo de Travis. Hay serias incongruencias en relación al tópico central que trata. En otras palabras, nadie puede creerse que atentar contra el presidente de Estados Unidos sea tan fácil. Sino, con seguridad, ya hubiese ocurrido en reiteradas oportunidades. Es cierto, es cine, pero al menos debe tener ciertos parámetros compartidos con la realidad.
Por último, pero no por eso menos importante, llama la atención el acento mejicano de los extras cuando la acción transcurre integramente en Salamanca, España. Quizá haya sido para la mayoría de los espectadores un detalle de escasa relevancia, pero se trata de un error bastante grave. Con respecto a este tema caben dos posibilidades; o bien ha sido un descuido, o, consciente de que la película está destinada a una audiencia anglosajona, Travis no le dio demasiada importancia. Es que, los diálogos de los personajes -sumamente secundarios- de habla española son pocos, pero no tan pocos como para que este detalle pase desapercibido por nosotros, hispanos hablantes.
Sin embargo, el trabajo cumple con su función; léase: entretener durante 80 minutos para olvidar todo cinco después de salir del cine.
