“El diario de los muertos”, de George Romero. Una película dentro de otra película… y las dos muy malas.

El último trabajo de George Romero es muy distinto de cualquiera de sus anteriores. “El diario de los muertos” es una suerte de película dentro de otra, un relato en primera persona, cámara en mano, al estilo “Blairwicth” o “Cloverfield”. Los resultados no son los mismos. En su intento de criticar el rol social de las `nuevas` tecnologías, de la cultura virtual, el director se olvida que su trabajo era contar una historia.

“El diario…” se desarrolla en el marco de una epidemia que revive a los muertos y cuenta la historia de un grupo de estudiantes de cine que se ven sorprendidos por esta plaga mientras filman una película. El trabajo de estos universitarios, entonces, cambia de óptica, y el joven estudiante que lo dirige se dedica, con una determinación que roza lo bizarro, a filmar las eventualidades que surgen mientras emprenden el retorno hacia los hogares de sus respectivos progenitores.

De esta forma, se van planteando una tras otra situaciones inverosímiles, en parte debido a un guión que juega muy cerca del límite de lo estúpido, y en gran parte gracias a paupérrimas actuaciones.

Quizá, y sólo quizá, si esta película hubiese visto la luz 10 o 15 años atrás, habría resultado interesante. Una denuncia de lo que podría suceder en el futuro cercano. Hoy resulta simplemente una simplona descripción de cómo Internet, `youtube` o `myspace` invaden nuestra cotidianeidad alterándola irreversiblemente. Una muestra sin sentido, y sin esa sutileza o doble sentido a la que Romero nos acostumbró, de la enfermiza necesidad de pretender mostrar absolutamente todo, de la lenta desaparición de la intimidad a mano de cámaras digitales y cables USB.

Así, la insoportable voz en off de una de las protagonistas, nos relata los errores que la humanidad ha cometido, y, con una demasiado explícita bajada de línea del director, explica que `una voz es mucho que mejor que mil voces, porque una mentira es mucho mejor que mil mentiras`. Un análisis de milímetros de profundidad, indigno del creador de un subgénero terror como es Romero.

Lo triste es que este gran realizador no agrega nada nuevo, ni por supuesto inteligente, a la discusión en torno al escenario que plantea, y nos pone de manifiesto circunstancias viejas, conocidas y reiterativas, dejando en un pobre segundo plano a los viejos y queridos muertos vivos.

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